El colegio

No quiero ir a clases. Todos los días me consume un poco más la vergüenza de llegar con las manos vacías a la sala y tener que decirle a la profesora que (de nuevo) no hice la tarea. Invento excusas que contradicen las mentiras de la vez anterior, y la anterior. Pasa el día y me llenan nuevamente con tareas que sé que no voy a terminar porque ni siquiera he terminado las de ayer. Tarea de inglés, tarea de español, tarea de esto, tarea de lo otro. Ya no puedo. ¡Sáquenme de aquí!

Hoy no fui al colegio porque alcancé la cima de la desesperación. No podía. ¡Entre el desastre académico y la telenovela social ya no quiero más guerra! No sé cómo pude haberme involucrado en tantos líos. Hay personas a las que sencillamente ya no puedo ver a la cara, pues la vergüenza es tal que es mejor fingir que no pasó nada. Camino por el pasillo y veo los rostros de quienes alguna vez llamé mis amigos. Mejor me salto hoy para no tener que soportar esa faena.

Me quedé en la casa para evitar lo inevitable, a pesar de que llegará el momento en que todos me enfrentarán. Imagino que será una especie de juicio final donde tendré que rendir cuentas por cada una de mis faltas. Y ya ni las recuerdo.

Lo académico es lo peor. Siento que este año voy a reprobar hasta el alma. ¿Quién conoce una forma de empezar de nuevo?


La luna

Veo en el lago como un resplandor. No sé cómo llegué hasta acá, pero no tiene importancia. Es ese resplandor. El agua se mueve desaforadamente quebrándose en olas imposibles, y el mundo parece haber pausado. Cae sobre mi esa sensación tan mística, onírica y sombría, dueña de una atracción capaz de opacar hasta el más serio pavor. Es la energía de la naturaleza que me ha traído aquí, ¿pero cómo?. Algo que no puedo entender me comunica que estoy a punto de ser testigo del suceso. El resplandor del lago ha perdido su color acuático, y se ha convertido en uno plateado. El agua continúa retorciéndose en un baile que para mi es foráneo. Vagamente simula figuras humanas. Desde el cielo, me observa la luna como una madre, que poco a poco incrementa en tamaño. Miro hacia abajo y veo el lago. Estoy elevado sobre este, y no puedo desplazarme en ninguna dirección. La luna sigue creciendo cuando de pronto mi cuerpo comienza un lento descenso en dirección a las aguas. Al tocar el agua, noto que frena mi descenso y me veo en pie sobre el lago. Ahora las hadas elementales danzan a mi alrededor. La luna ya no se ve en el cielo, y una mujer de gran altura se sitúa frente a mi. Sus ropajes son blancos como de seda fina, y su rostro también, parecido al color de la luna. Sus ojos están cerrados, y siento que su alma trae una edad infinita. Posee características superiores a la mía. Lentamente abre los ojos, y entiendo lo que ocurre, porque ese color nunca lo había visto. Las ninfas del agua no son mas que una extensión suya y la furia del agua proveniente de su fuerza. “Soy Diana, madre creadora de lo que véis. He venido a advertiros que se acerca el fin, pues habéis olvidado vuestro origen,” dijo creando un eco que rebota a través del valle que envuelve el agua. En un acto de gloria Diana eleva sus brazos para crear un embudo que me envuelve, reafirmando el poder de mi experiencia onírica. Solo puedo ver el agua, y segundos después estoy sumergido, retornando así al inicio del mundo.


Alma de viajero

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No soy chileno. Tampoco soy estadounidense. Si al fin y al cabo un pasaporte es un mero documento para trasladarse de un punto del globo a otro. Y yo tengo dos-- uno de Chile y otro de Estados Unidos. Esto no significa nada. Yo soy yo, ¿por qué he de dejar que una libreta determine mi identidad? He sido muchas cosas. He sido cantante, he sido explorador, he sido científico loco, he sido piloto, he sido observador meteorológico pero nunca he sido chileno. Tampoco he sido estadounidense.

He sido y sigo siendo un viajero de tomo y lomo. A mis diecisiete años he vivido en tantas partes que me parezco más a un ave migratoria que a un adolescente normal. Siempre listo con la maleta en el clóset a ver donde me llevará el destino. Ahora que lo pienso, es tal vez ésa la razón por la cual encuentro que hablar español e inglés no es suficiente. ¿Qué va a pasar si acabo en un país francófono o en uno lusoparlante? Hay que estar preparado para todo, digo yo.

Ya me aburrí de California. A parte de San Francisco y Disneyland no tiene más que un clima capaz de aburrir a cualquiera. Tengo que irme, pero, ¿a dónde me voy?

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